Obama wages the wrong war

EE.UU. libra la guerra equivocada

BRAHMA CHELLANEY*
LA VANGUARDIA  June 1, 2009

El Pakistán más profundo se ha autorrecluido en una mazmorra yihadista
durante los últimos diez años, con mayor intensidad a medida que
Estados Unidos se involucraba más intensamente en la marcha de este
país, apuntalando su vacilante economía merced a una generosa ayuda
bilateral e internacional, orquestando las líneas generales de la
política pakistaní y mimando al establishment militar bien conocido por
su afición a inmiscuirse en la dirección de los asuntos del Estado. Tal
enfoque político contrasta claramente con un redoblado enfoque militar
en Afganistán, donde Estados Unidos se centra actualmente en la
cuestión del refuerzo de tropas y la creación de milicias civiles a
escala local.

La verdad pura y simple es que Estados Unidos está librando la guerra
equivocada. Como consecuencia, corre el riesgo de perder la batalla
contra los islamistas y los terroristas internacionales. La auténtica
guerra debe librarse en Pakistán en defensa de la paz y la seguridad
internacionales.

El objetivo de la intervención militar estadounidense en Afganistán en
el 2001 era impedir que las distintas áreas sin ley y sin acceso al mar
del país sirvieran de base a Al Qaeda y otros terroristas
internacionales.

En gran medida tal objetivo ha sido alcanzado pese a la amenaza de un
rebrote talibán. En la actualidad, la base principal del terrorismo
internacional no es Afganistán, sino Pakistán. El respaldo y el apoyo a
la militancia afgana provienen también del interior de Pakistán. Según
Bruce Riedel, coautor de la revisión de la estrategia sobre Afganistán
y Pakistán a cargo del presidente Obama, Pakistán "tiene más
terroristas por kilómetro cuadrado que cualquier otro lugar de la
tierra y posee un programa de armamento nuclear que avanza más de prisa
que cualquier otro del planeta".

Sin embargo, y mientras libra la guerra en Afganistán, Estados Unidos
impulsa una discutible estrategia política con relación a un Pakistán
crecientemente radicalizado, bien patente en la entrega de un nuevo
paquete de ayuda estadounidense por valor de 7.500 millones de dólares
a fin de ganarse simpatías en un país que parece ahora un cóctel
molotov en espera de la cerilla que lo encienda. Por más que Estados
Unidos intenta sobornar al ejército pakistaní para impedir que
suministre ayuda y refugio a los militantes a lo largo de la frontera
afgana, los principales refugios terroristas se hallan en el Pakistán
profundo, no en sus zonas fronterizas. El azote del terrorismo
pakistaní procede no tanto de los mulás islamistas cuanto de los
generales del ejército que alentaron las fuerzas de la yihad.

El éxito de la inyección de 21.000 efectivos estadounidenses más en
Afganistán dependerá de la situación del campo de batalla en otro país,
un campo de batalla donde el papel de Estados Unidos es, sobre todo,
político. Es evidente, asimismo, que las fuerzas armadas
estadounidenses no pueden garantizar la expedición de un billete de
vuelta de Afganistán sin antes desmantelar los refugios y las
infraestructura de los talibanes y otros militantes afganos en
Pakistán. Gracias a sus resguardados refugios, los militantes afganos
cuentan con mayor margen de maniobra que sus homólogos iraquíes y, en
consecuencia, no es probable que el refuerzo de tropas estadounidenses
en Afganistán al estilo de Iraq vaya a dar paso a una disminución de
violencia también de estilo iraquí. Como señaló Stephen Hadley justo
antes de abandonar su cargo de consejero de seguridad nacional
estadounidense a principios de año, "no cabe solucionar realmente el
problema de Afganistán sin solucionar el de Pakistán".

Sin embargo, Obama no cuenta con más verdadera estrategia para liquidar
la infraestructura terrorista en Pakistán, alentada en su día por los
militares, que la de tentar a las fuerzas armadas y los servicios de
inteligencia pakistaníes con más dinero y armas, estímulos de los que
de buena gana sacarán tajada… para seguir ayudando a los elementos
extremistas. La estrategia de Obama con relación a Pakistán puede
sintetizarse en realidad en sólo cuatro palabras: más de lo mismo. De
hecho, supera incluso lo que no ha funcionado con anterioridad, pues
las políticas estadounidenses fracasadas durante años no han hecho más
que agravar el caos aterrador que aflige a Pakistán.

Aun así, Obama intenta reproducir en sus mismos términos tal enfoque
fracasado a escala mucho mayor, como muestra su plan para convertir a
Pakistán en el mayor destinatario de ayuda estadounidense del mundo sin
puntos de referencia claros para evaluar el progreso realizado. De
hecho, su Administración ha logrado disuadir hasta ahora al Congreso de
la imposición de todo requisito riguroso o estricto concerniente a la
ayuda destinada a Pakistán, cuya primera partida por valor de 2.000
millones de dólares ha obtenido ya luz verde para su entrega inmediata.

La generosa ayuda estadounidense permite de hecho a Pakistán invertir
una parte mayor de sus recursos en armas de destrucción masiva, como
cabe constatar a la vista de los dos reactores de producción de
plutonio actualmente en construcción en Khushab. La actual existencia
de armas de destrucción masiva en un país en combinación con yihadistas
dentro y fuera del sistema es causa de honda preocupación mundial; tal
arsenal en expansión añade a este panorama tintes de pesadilla.

Meter más dinero en Islamabad mimando a quien lleva las riendas del
verdadero poder – los militares-y segar la hierba bajo los pies de los
líderes electos (cosa que se advierte, por ejemplo, cuando Obama
vilipendia públicamente al Gobierno en ciernes del presidente Asif Ali
Zardari tachándolo de "muy débil, ineficaz e incapaz de ganarse el
respaldo y lealtad del pueblo pakistaní" son ejemplos que explican por
qué la nueva Administración ofrece más de lo mismo en lo relativo a la
política estadounidense en esta cuestión. Para disuadir a los militares
pakistaníes de ayudar a los talibanes y a otros militantes, Washington
paga miles de millones de dólares por el rescate de rehenes, sin tener
además garantía alguna de que tales compensaciones modifiquen la
situación.

¿Cómo puede Pakistán convertirse en un país normal si la política
estadounidense no procura que sus respectivos establishments militar,
de inteligencia y nuclear hayan de responder ante el gobierno electo?
De hecho, mientras el poder de decisión siga en manos de los militares
y los servicios de inteligencia (ISI) procedan por su cuenta y riesgo
como "un Estado dentro del Estado", seguramente Pakistán seguirá
constituyendo un rasgo común apreciable en las investigaciones sobre la
mayoría de los actos de terrorismo internacional. No obstante, la
estrategia de Obama confía precisamente en esas instituciones para
lograr victorias en el campo de batalla afgano. Al manifestar
públicamente que quiere salir de Afganistán, Obama, sin embargo, ha
certificado en cierto modo que las fuerzas estadounidenses no puedan
recabar real y auténtica cooperación de parte de las fuerzas armadas y
los servicios de inteligencia pakistaníes. En la actualidad, estas dos
instituciones y su descendencia, los talibanes, preferirán esperar
indefinidamente a que los estadounidenses recuperen el control de
Afganistán.

Washington empezó hace tiempo a presionar al establishment militar
pakistaní y a respaldar a los líderes electos para que pudieran asumir
plenos poderes frente a las políticas y la mentalidad impuestas por
dirigentes militares. El Gobierno civil actual asume toda la
responsabilidad, pero carece de los recursos necesarios para estar a la
altura. La salida a escena de un gobierno civil con plenas facultades y
de una sociedad civil sólida habrá de propiciar la democracia, marginar
a los elementos radicales y apartar a Pakistán del borde del abismo.

*B. CHELLANEY, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación en Ciencia Política de Nueva Delhi.
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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