Obama’s “Af-Pak” problem

La estrategia afgana de Obama

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicosen el Centro para la Investigación Política de Nueva Delhi

LA VANGUARDIA, February 7, 2009

La estrategia del presidente Barack Obama para Afganistán se centra en una “escalada” de las fuerzas estadounidenses, no para derrotar a los talibanes en el terreno militar, sino para llegar a un acuerdo político con el enemigo desde una posición de fuerza. Dicho de modo sencillo, intenta lograr en Afganistán lo que ha hecho el gobierno de Bush en Iraq, donde la “escalada” se utilizó en buena medida como demostración de fuerza para comprar a los dirigentes tribales y a otros caudillos locales suníes. Sin embargo, no es probable que esta estrategia funcione en Afganistán.

En consonancia con la promesa electoral de Obama de enviar más brigadas de combate a Afganistán, el almirante Michael Mullen, portavoz del Estado Mayor Conjunto, ha anunciado la práctica duplicación de los soldados de aquí al verano. Hay ya unos 33.000 soldados estadounidenses y otros 35.000 de las fuerzas aliadas. Sin embargo, la cuestión no es el número de efectivos (los soviéticos no pudieron doblegar a los afganos ni siquiera con 100.000 soldados), sino la estrategia. Obama ha expresado su confianza en el nuevo jefe del Centcom, el general David Petraeus, quien busca formas de ganarse a los jefes y caudillos locales, el puntal de los talibanes. Petraeus quiere explorar treguas y alianzas con los líderes tribales y guerrilleros para sacarlos del campo de batalla.

Eso es justo lo que hizo como jefe militar en Iraq durante la “escalada”, y se trata de una estrategia que cuenta con el pleno apoyo de Robert Gates, que sigue bajo Obama como secretario de Defensa. El plan “primero escalada, luego negociación” tiene como objetivo afianzar la seguridad en las ciudades afganas con la llegada de nuevas tropas estadounidenses como paso previo al inicio de las conversaciones con los talibanes.

Para que esas negociaciones tengan éxito, EE. UU. pretende arrinconar primero a los talibanes, lo cual incluye copiar otro aspecto de su experimento en Iraq (donde se ha presionado a más de 100.000 insurgentes suníes para que se pongan al servicio del Gobierno) y crear en todos los distritos provinciales afganos unas milicias locales con una pequeña formación. Estas medidas omiten el peligro que podría suponer que esas milicias se erijan ellas mismas en la ley y aterroricen a las poblaciones locales.

Si la nueva insurgencia talibán se encuentra ahora a la ofensiva (el 2008 ha resultado ser el peor año para los estadounidenses), ello se debe ante todo a dos razones: el respaldo que los talibanes aún obtienen de Pakistán y una creciente reacción pastún contra una presencia de las tropas extranjeras en suelo afgano que dura ya siete años. Una escalada de las tropas estadounidenses no forzará a los jefes talibanes ni a los caudillos locales a negociar acuerdos de paz; sobre todo, cuando algunos de los países con tropas en Afganistán dan señales de fatiga de guerra y de un deseo de retirar sus tropas. En todo caso, la presión se ejercerá sobre el Gobierno de Obama para que presente resultados rápidos en un momento en que retrocede el apoyo popular afgano a la guerra.

En realidad, sería ingenuo esperar un éxito del experimento iraquí de “escalada y soborno” en Afganistán, donde el terreno montañoso, la multitud y diversidad de las tribus, las pautas de cambios en las lealtades étnicas y tribales, la posición especial como centro mundial del tráfico de opio y una historia de conflicto civil intestino hacen que ese país sea muy diferente de cualquier otro país musulmán. En una tierra con una tradición tan larga de humillación de los ejércitos extranjeros, los sobornos no comprarán la paz. Pero Petraeus quiere idear una versión del siglo XXI de la estrategia imperial del divide y conquistarás. Si hay algo seguro es que su plan ayudará a los ya enquistados talibanes a afilar sus uñas.

Sin embargo, para contribuir a justificar la estrategia de “escalada y soborno”, se está difundiendo una engañosa distinción entre Al Qaeda y los talibanes que dibuja a la primera como el mismo diablo y a los segundos como una fuerza diferente con la que habría que lograr un compromiso. La cruda realidad es que Al Qaeda y las organizaciones respaldadas por los militares pakistaníes (como los talibanes, Laskar-e-Taiba y Jaish-e-Muhammad) constituyen hoy una mezcla difícil de separar de propagadores de la yihad con refugios seguros en Pakistán. El acuerdo con cualquiera de esos grupos sólo contribuirá a reforzar la comunidad de la yihad mundial y el conglomerado militar pakistaní.

Dadas estas circunstancias, sólo cabe considerar la estrategia de “escalada y soborno” como un enfoque miope que repetirá los errores cometidos por EE. UU. en las últimas tres décadas en Afganistán y Pakistán, unos errores que han puesto en peligro la seguridad estadounidense y la del resto del mundo libre.

Si Estados Unidos quiere reivindicar la lucha mundial contra el terrorismo, tendrá que enfrentarse a las lecciones de sus políticas pasadas, creadoras de monstruos de Frankenstein como Osama bin Laden y el mulá Mohamed Omar, así como al “Estado dentro del Estado pakistaní” (la Dirección de Inteligencia Interservicios, ISI, que adquirió gran poder en la década de 1980 como conducto encubierto de la ayuda estadounidense a las guerrillas afganas antisoviéticas).

La principal lección es no desviar la atención de los intereses a largo plazo y no dejarse llevar por la conveniencia política. Sin embargo, Washington arde otra vez en deseos de conceder primacía a las consideraciones cortoplacistas.

Aun cuando el Gobierno de Obama lograra reducir la violencia en Afganistán llegando a acuerdos, ello dejaría intactos a los talibanes como fuerza de combate, con activos vínculos con los militares pakistaníes. Semejante beneficio táctico tendrá graves costes a largo plazo para la seguridad regional e internacional.

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